En este mismo blog, a modo de anticipo del asunto en el nos vamos a centrar en esta ocasión, ya se trató la dificultad que encuentran los ciudadanos para acceder a una información veraz, contrastada, de calidad...Hace ya algún tiempo, Perez Reverte, miembro de la Real Academia Española (RAE) y que se dedica ahora con éxito notable al oficio de escribir novelas, renunció desencantado al periodismo, decía él, por la escasa relevancia que tenían las noticias de las que se había ocupado hasta la fecha, enzarzado en mil y un conflictos en diversos países o informando sobre acontecimientos alejados de nuestra cotidianidad.
Ese desencanto, teñido de cinismo, denunciaba al cabo que el informador comprometido, deseoso por cambiar el mundo ofreciendo un punto de vista que denunciaba atrocidades sin cuento, se encontraba constreñido a apenas dos minutos de crónica para intentar abordar, por ejemplo, un enfrentamiento en la frontera entre Gaza e Israel o la Guerra de Bosnia. Como comparación, cabe destacar que la crónica de cualquier partido de fútbol ocupa más tiempo en la parrilla de un informativo que las medidas que la Unión Europea ha decidido reservarnos en su último memorándum con `recomendaciones´ de austeridad. La extrema complejidad reducida al absurdo.
Pues bien, pareciera que la web, en la que buscar una información nos remite a cientos de miles de referencias, wikis de todo tipo y videos de diverso carácter, nos aliviaría de la pesarosa condena de la trivialización de la realidad en los medios de comunicación de masas, empeñados en transformar en relevantes eventos inanes, acontecimientos fútiles, y reservando una esquina miserable de los informativos a lo que, en realidad, influye en nuestras vidas.
Esa cacareada transparencia a la que ahora se apunta cualquiera, se vaticinaba inminente gracias a la red de redes, pues nada se podía ocultar a la subversiva conciencia colectiva de los ciudadanos, empeñados en escarbar bajo las alfombras del poder financiero y político. Pues bien, sirva como ejemplo paradigmático el hecho de que cuando la Unión Europea, Alemania o la Casa Blanca, al dictado de otros poderes más sombríos, decide medidas que afectan a los cientos de millones de ciudadanos de la otrora opulenta e hiperconectada Europa, los vecinos del Viejo Continente nos enteramos de nuestro mañana cuando ya era/es demasiado tarde para enmendarlo. Todo se ha escapado a nuestro control, nadie anunció con `luz y taquígrafos´ lo que nos iba/va a deparar el futuro inmediato. Dónde estaba/está la red entonces/ahora, o es que estábamos/estamos enredados en otras cosas.
A mi juicio, la verdadera obsolescencia programada es, en la actualidad, la que sufren nuestros cerebros. No quiero parecer victimista, pero, en mi opinión, somos comparsas acomplejados por la complejidad del mundo, renunciando a intervenir, `avestruzados´, escondidos en nuestra intimidad y ajenos a una realidad hostil, inabarcable, inasequible, inasible, amparándonos en el "¿qué puedo hacer yo?".
Con red o sin ella, el 1% del 1% nos está ganando la partida.
Me gusta bastante tu comparación entre el termino "obsolescencia programada" de los productos junto con el tipo de personas que somos. Desde mi punto de vista, nos hemos convertido en unos individualistas, donde intentamos tener o luchar por lo que nos interesa pero lo que no nos afecta en lo diario (Pero si en el futuro) no hacerle mucho caso hasta llegado el momento. Recordemos que hubo más gente en la calle por la celebración del Mundial de Fútbol que en cualquiera de las manifestaciones referidas a la crisis.
ResponderEliminarEn esta materia España no es diferente... Solo hace falta ver los índices de audiencia de los eventos deportivos a nivel mundial o la asistencia a los campos de fútbol de las grandes ligas europeas, o los grandes estadios en EEUU, o la espléndida retransmisión de la Super Bowl.
ResponderEliminarSaludos de nuevo