Una de las mayores frustraciones del cinéfilo-lector -no necesariamente en este mismo orden- es que la adaptación al cine de un relato literario acabe con la manera en que se imaginó el mundo que propuso el autor del texto. También puede darse la circunstancia de que el relato o la película añadan valor a su original, de tal forma que un relato fallido dé a luz una gran producción, o que una película errática sea inspiradora para un relato de enorme valor literario.
El relato, del carácter que fuere, pasa a ser propiedad de aquel que lo decodifica, reinterpretándolo, deconstruyendo y construyendo una nueva realidad, añadiendo su percepción sensible de las cosas, originalizándolo -permítaseme el neologismo-. El que relata en cine la adaptación de una novela reconstruye esta última y la pone a merced de sus espectadores. Así pues, la decepción o gratificación del que ve la película de su relato soñado nace cuando se enfrenta a un nuevo original, nunca al suyo. Y así en un bucle eterno, en el que lo propio se convierte en ajeno cuando otro lo hace suyo, un ciclo infinito. Tal y como afirma Ronald Barthes, cuando un hecho pasa a ser relatado, el autor entra en su propia muerte.
Isidro Moreno, autor del texto `Escritura hipermedia y lectoautores´ describe como el receptor, en tanto que ofrece información inmediata al narrador oral, está interviniendo en tiempo real sobre la forma en que el `aedo´ relata su historia. La oralidad permite al receptor, nos dice Moreno, influir "sobre el contador-autor hasta convertirse en coautor, con la escritura pierde la voz directa, aunque gana innumerables relatos". Y continúa Moreno: "Cada lector configura su propio mundo a partir del propuesto por el autor. El lector es un lectoautor sin posibilidades de escritura".
Los lectores ejercen su soberanía, también, o particularmente, sobre las producciones hipermediales, en la medida que se constituyen, más que nunca, en lectoautores. Como bien matiza Moreno, "un rasgo fundamental que tiene en común los hipermedia con el libro es que ninguno avanza sin la colaboración del lector".
Las escrituras interactivas tienen su modelo en la mente del receptor. Frente a la linealidad del relato analógico, las personas introducen su compleja creatividad en el proceso de decodificación, acorde con la forma en que se comporta la red de sinapsis de nuestro cerebro. Moreno propone "recuperar una escritura interactiva que emule esas redes neuronales", con el fin de, prosigue, "poner en funcionamiento todos los factores de la creatividad". Se trata, afirma Moreno, de "manejar la pluma digital con igual soltura que la pluma de ganso".
Una de las grandes divergencias entre la escritura analógica y la hipermedia es que permite "todas las sustancias expresivas de los media". Tal potencia expresiva puede ser un problema, pues habrá quien interprete que la tecnología ha de llevarse hasta sus últimas consecuencias, forzando un paroxismo digital que, paradógicamente, impida su decodificación. Se trata, pues, de utilizar inteligente y prudentemente las enormes posibilidades de la tecnología sin que nos nublen la vista "sus cegadores destellos".
A la postre, el objetivo es que el lectoautor esté en las mejores condiciones para profundizar en el conocimiento, ofreciendo la posibilidad, a través la narración hipermedial, de llevar adelante una inmersión profunda en aguas transparentes, fomentando la reflexión en la medida en que el lectoautor quiera bucear en el saber de las cosas.
El relato, del carácter que fuere, pasa a ser propiedad de aquel que lo decodifica, reinterpretándolo, deconstruyendo y construyendo una nueva realidad, añadiendo su percepción sensible de las cosas, originalizándolo -permítaseme el neologismo-. El que relata en cine la adaptación de una novela reconstruye esta última y la pone a merced de sus espectadores. Así pues, la decepción o gratificación del que ve la película de su relato soñado nace cuando se enfrenta a un nuevo original, nunca al suyo. Y así en un bucle eterno, en el que lo propio se convierte en ajeno cuando otro lo hace suyo, un ciclo infinito. Tal y como afirma Ronald Barthes, cuando un hecho pasa a ser relatado, el autor entra en su propia muerte.
Isidro Moreno, autor del texto `Escritura hipermedia y lectoautores´ describe como el receptor, en tanto que ofrece información inmediata al narrador oral, está interviniendo en tiempo real sobre la forma en que el `aedo´ relata su historia. La oralidad permite al receptor, nos dice Moreno, influir "sobre el contador-autor hasta convertirse en coautor, con la escritura pierde la voz directa, aunque gana innumerables relatos". Y continúa Moreno: "Cada lector configura su propio mundo a partir del propuesto por el autor. El lector es un lectoautor sin posibilidades de escritura".
Los lectores ejercen su soberanía, también, o particularmente, sobre las producciones hipermediales, en la medida que se constituyen, más que nunca, en lectoautores. Como bien matiza Moreno, "un rasgo fundamental que tiene en común los hipermedia con el libro es que ninguno avanza sin la colaboración del lector".
Las escrituras interactivas tienen su modelo en la mente del receptor. Frente a la linealidad del relato analógico, las personas introducen su compleja creatividad en el proceso de decodificación, acorde con la forma en que se comporta la red de sinapsis de nuestro cerebro. Moreno propone "recuperar una escritura interactiva que emule esas redes neuronales", con el fin de, prosigue, "poner en funcionamiento todos los factores de la creatividad". Se trata, afirma Moreno, de "manejar la pluma digital con igual soltura que la pluma de ganso".
Una de las grandes divergencias entre la escritura analógica y la hipermedia es que permite "todas las sustancias expresivas de los media". Tal potencia expresiva puede ser un problema, pues habrá quien interprete que la tecnología ha de llevarse hasta sus últimas consecuencias, forzando un paroxismo digital que, paradógicamente, impida su decodificación. Se trata, pues, de utilizar inteligente y prudentemente las enormes posibilidades de la tecnología sin que nos nublen la vista "sus cegadores destellos".
A la postre, el objetivo es que el lectoautor esté en las mejores condiciones para profundizar en el conocimiento, ofreciendo la posibilidad, a través la narración hipermedial, de llevar adelante una inmersión profunda en aguas transparentes, fomentando la reflexión en la medida en que el lectoautor quiera bucear en el saber de las cosas.



