miércoles, 30 de abril de 2014

De Homero al relato hipermedia

Una de las mayores frustraciones del cinéfilo-lector -no necesariamente en este mismo orden- es que la adaptación al cine de un relato literario acabe con la manera en que se imaginó el mundo que propuso el autor del texto. También puede darse la circunstancia de que el relato o la película añadan valor a su original, de tal forma que un relato fallido dé a luz una gran producción, o que una película errática sea inspiradora para un relato de enorme valor literario.

El relato, del carácter que fuere, pasa a ser propiedad de aquel que lo decodifica, reinterpretándolo, deconstruyendo y construyendo una nueva realidad, añadiendo su percepción sensible de las cosas, originalizándolo -permítaseme el neologismo-. El que relata en cine la adaptación de una novela reconstruye esta última y la pone a merced de sus espectadores. Así pues, la decepción o gratificación del que ve la película de su relato soñado nace cuando se enfrenta a un nuevo original, nunca al suyo. Y así en un bucle eterno, en el que lo propio se convierte en ajeno cuando otro lo hace suyo, un ciclo infinito. Tal y como afirma Ronald Barthes, cuando un hecho pasa a ser relatado, el autor entra en su propia muerte.

Isidro Moreno, autor del texto `Escritura hipermedia y lectoautores´ describe como el receptor, en tanto que ofrece información inmediata al narrador oral, está interviniendo en tiempo real sobre la forma en que el `aedo´ relata su historia. La oralidad permite al receptor, nos dice Moreno, influir "sobre el contador-autor hasta convertirse en coautor, con la escritura pierde la voz directa, aunque gana innumerables relatos". Y continúa Moreno: "Cada lector configura su propio mundo a partir del propuesto por el autor. El lector es un lectoautor sin posibilidades de escritura".

Los lectores ejercen su soberanía, también, o particularmente, sobre las producciones hipermediales, en la medida que se constituyen, más que nunca, en lectoautores. Como bien matiza Moreno, "un rasgo fundamental que tiene en común los hipermedia con el libro es que ninguno avanza sin la colaboración del lector".

Las escrituras interactivas tienen su modelo en la mente del receptor. Frente a la linealidad del relato analógico, las personas introducen su compleja creatividad en el proceso de decodificación, acorde con la forma en que se comporta la red de sinapsis de nuestro cerebro. Moreno propone "recuperar una escritura interactiva que emule esas redes neuronales", con el fin de, prosigue, "poner en funcionamiento todos los factores de la creatividad". Se trata, afirma Moreno, de "manejar la pluma digital con igual soltura que la pluma de ganso".

Una de las grandes divergencias entre la escritura analógica y la hipermedia es que permite "todas las sustancias expresivas de los media". Tal potencia expresiva puede ser un problema, pues habrá quien interprete que la tecnología ha de llevarse hasta sus últimas consecuencias, forzando un paroxismo digital que, paradógicamente, impida su decodificación. Se trata, pues, de utilizar inteligente y prudentemente las enormes posibilidades de la tecnología sin que nos nublen la vista "sus cegadores destellos".

A la postre, el objetivo es que el lectoautor esté en las mejores condiciones para profundizar en el conocimiento, ofreciendo la posibilidad, a través la narración hipermedial, de llevar adelante una inmersión profunda en aguas transparentes, fomentando la reflexión en la medida en que el lectoautor quiera bucear en el saber de las cosas.

miércoles, 23 de abril de 2014

De Condorcet a Nietzsche

Condorcet:Los ciudadanos no nacen, son creados a través de la instrucción”.

Hubo un tiempo en el que la concepción ilustrada del universo nos alentaba a acumular el suficiente conocimiento como para ejercer un control activo y estable sobre nuestro entorno. En este paradigma nos hemos movido, y habíamos creído que nos proporcionaría las suficientes certezas como para dejar atrás el caos propio de los tiempos oscuros de la ignorancia.

Sin embargo, la sociedad del conocimiento, en la que más que en cualquiera otra época de nuestra historia se acumula una ingente cantidad de información que circula a una infinita velocidad, somos presos de la certeza de nuestro “no saber”. Tal vez la metáfora que mejor describe nuestro yo y el mundo que nos ha tocado compartir es una infinita “nube de tags”. La traducción de tag al castellano es una etiqueta asignada a un dato.  ¿Quién hoy se atrevería a etiquetar la identidad del otro, o, por mejor decir, cuan grande debería ser esa nube de etiquetas para que la descripción fuese certera?

En este contexto Castells nos habla de cómo en la sociedad postindustrial, mientras el yo escudriña certezas en el `incómodo´ pero fértil caos, “la búsqueda de la identidad, colectiva o individual, se convierte en la fuente fundamental de significado social”. En un mundo contingente, el ser humano regresa al refugio de la cueva en el que los individuos se “enfrentaban a la incertidumbre a través de diálogos rituales con los dioses y con las fuerzas invisibles de la naturaleza”.

En demasiadas ocasiones, como también anuncia y denuncia Castells, esta necesidad de otorgar un sentido a la vida, deriva en un “fundamentalismo reactivo, reaccionario”. El mismo renacimiento de exaltados fenómenos religiosos o extremos nacionalismos identitarios son fruto, según Castells, paradójicamente, del fracaso del estado nación por un lado, y, por otro, de la relevancia que dan los individuos al retorno a las tradiciones, un fenómeno inscrito en la imparable dinámica de la globalización.

Open your mind

Nuestro cerebro ha de estar en disposición de abrir sus enlaces a una infinitud de imputs, todos interconectados. El caos es pura fuerza creativa, así debemos de vivir la complejidad, pues, según Campàs, “nosotros estamos invadidos por sistemas caóticos abiertos que permiten una respuesta creativa constante a los cambios ambientales”.

El concepto de vórtice está vinculado a esta autoorganización, una turbulencia que “estimula que se produzca una nueva autoorganización”. Así pues, volviendo al origen de nuestro argumento, frente a la propuesta de Condorcet de atribuir a nuestro cerebro la condición de una “gran hoja Excell”, una obsoleta herramienta para entender y organizar la complejidad en transformación permanente, la teoría del caos nos ofrece la oportunidad de renunciar a “nuestra obsesión por el poder y el control por el miedo a los errores; por el férreo control de nuestros egos; por el fetiche de la comodidad…”.

En el `viejo mundo´ en el que primaban los sistemas lineales, en el cual se estimaba que la razón lo explicaba todo o lo explicaría en el futuro, no se barajaba un porvenir radicalmente imprevisible. De ahí que muchos analistas e intelectuales, aún hoy, se obsesionen con el control y el poder al modo en que lo resumieron los impulsores del optimista Racionalismo Ilustrado, heredero del Renacimiento.

En esta tesitura, Concal Mayos, en su ensayo sobre `La sociedad de la incultura´, distingue entre cerebros conservadores y progresistas, “según la capacidad de éstos para adaptarse a procesos como el desaprender”, pues en la sociedad de la hipertextualidad, los individuos deben ser “tan hábiles en el desaprender como la modernidad nos obligó a ser hábiles en el aprender”. Todos los datos, convenciones, valores, normas, e informaciones que un día fueron imprescindiblemente útiles y que nos auguraban un futuro bajo control, hoy están en proceso de deconstrucción permanente, y nuestra propia identidad en constante transformación. Como afirma Lipovetsky, estamos instalados en el “imperio de lo efímero”.

Internet es la quinta esencia del orden caótico. Si estamos dispuestos a desaprender y tomamos conciencia de nuestra hipertextualidad, estamos en condiciones de “coevolucionar”. Según Campàs, “una nueva inteligencia colectiva emerge, un sistema abierto, absolutamente insospechado y lejos de lo que cualquiera podría haber esperado al contemplar a los individuos actuar aislados”.

Es evidente que sólo el inmenso flujo de información no nos asegura la solución a nuestros problemas. Para muchos, incluso, es el problema. Según la teoría del caos, es la autoorganización la que “mantiene viva la comunidad”, un sistema “no lineal, abierto, creativo y caótico”.  Las preguntas que plantea la teoría del caos se dirigen a la línea de flotación de los sistemas rígidos de poder y control: “¿Qué ocurriría si dejamos que la autoorganización cree nuestras comunidades? ¿Qué sucedería si forjásemos nuestras soluciones sociales en la forja del caos creativo”.

En contraposición a Condorcet, concluyo con una esperanzadora cita de  Nietzsche: “es preciso tener un caos dentro de sí para dar a luz una estrella fugaz”. Es pues la incertidumbre espacio abonado para un cambio de actitud, un terreno feraz para la creatividad.

(Esta entrada es una recreación de un texto para la evaluación de la asignatura de `Escrituras hipertextuales´ del Grado de Humanidades de la UOC)

viernes, 18 de abril de 2014

Ingenieros del alma

Tomo prestado el título de una obra de Frank Westerman  que aborda la lucha de los intelectuales y los escritores que ejercieron su oficio y desarrollaron sus análisis en el universo soviético, pasando del ánimo revolucionario y el impulso de la utopía, a la adulación forzosa del sistema.

En este punto, propongo al paciente lector a que se atreva a compartir conmigo una breve reflexión sobre la distancia que media y la relación que existe entre la agenda que dictan los medios, el discurso que se esconde detrás de su lenguaje y, por último, el marco de pensamiento en el que se encuadra su producción informativa e ideológica.

Desde los años 80 hasta la fecha se ha venido hablando del triunfo del pensamiento único. Ya no hay alternativa alguna, no existe camino posible que nos lleve a otro lugar que no sea el sistema capitalista de producción tal y como hoy lo entendemos. Sin apenas diques de contención, sin prisa pero sin pausa, el marco de pensamiento, fruto de una agenda informativa repleta de discursos monolíticos, se ha apoderado de nuestra capacidad crítica y apenas quedan resquicios para oponer la viabilidad de otro modelo económico y social.

El gran triunfo del marco del pensamiento, cuando éste es sólido y suficientemente reiterativo, es que no nos da respiro. Apenas quedan fisuras por las que colar una reflexión alternativa que ponga en cuestión lo que aparece como el único mundo posible, la única construcción mental inteligente, el único espacio de debate permitido, lejos ya de las `quimeras´ que aspiran a defender que `otro mundo es posible´.

George Lakoff escribió hace ya una década un breve manual sobre lenguaje  político, en el que, sin ser ni mucho menos un planteamiento revolucionario, sí fomentaba un debate acerca de como la ìzquierda había asumido las metáforas y los planteamientos aparentemente neutrales, teñidos de cienticificidad y verborrea económico filosófica, que, como un mantra, recitaban los pensadores conservadores y los medios conservadores, pasando de la era del Estado del Bienestar, a la nueva época del `conservadurismo compasivo´.

Los conservadores han sabido y han podido disminuir el ánimo reflexivo de los consumidores de información a un mínimo histórico. Hoy todo se reduce a poderosos y vacuos titulares en los que los grandes temas que afectan al ser humano se transforman en apenas un grupo de palabras sin contenido, pero ancladas en un marco de pensamiento que cabalga a lomos del éxito de un lenguaje para el que el ciudadano no encuentra alternativa aparente.

Pongamos un ejemplo que el propio Lakoff recoge en su libro `No pienses en un elefante´. Los conservadores hablan de alivio fiscal, refiriéndose a los impuestos que, en el marco de pensamiento que la mayoría ha aceptado como el único posible, constituyen una carga y una desgracia. La izquierda, sin embargo, se enzarza en complejos debates y argumentos abstrusos, intentado rebatir unos argumentos tan simples como exitosos. Quizás es precisamente la extrema simplicidad la clave de su éxito, y los pensadores conservadores lo saben.

Pues bien, la ciencia cognitiva denomina a este fenómeno hipocognición. La izquierda carece hoy de un marco de pensamiento alternativo en el que se anclen sus argumentos. Ha cedido su espacio cognitivo para apoyar su batería conceptual, barrida por la exitosa simplicidad del discurso conservador que ha construido un marco de pensamiento aparentemente macizo, indeformable, inamovible. Los medios de comunicación, sobre todo la Televisión, han tenido un papel estelar en este proceso hipocognitivo.

Y ahora y aquí aprovecho para declarar mi admiración hacia García Márquez. Le cito: "La mejor noticia no es la que se da primero, sino la que se da mejor".


lunes, 7 de abril de 2014

El audiovisual es el rey de la Web

Se han vertido "ríos de tinta", si se me permite esta clásica y cada vez más arcaica forma de expresión, sobre el modelo de lenguaje que imperaría en la Red. Se ha dicho que las nuevas formas de lenguaje escrito y las expresiones apocopadas de los usuarios, de los internautas, transformarían la lengua de nuestros padres, tal y como antes lo hicieron inventos e innovaciones de una gigantesca repercusión cultural, como la imprenta o la televisión.

Pero, es el caso que la tecnología ha desarrollado además, en paralelo, la posibilidad de que los internautas graben cualquier acontecimiento o fotografíen un hecho y, con el mismo y potente dispositivo, lanzarlo a la red en cuestión de segundos. Los smartphones nos han convertido en generadores masivos de información audiovisual, con un nuevo lenguaje.

A la vez, las redes sociales, de `reciente´ aparición y con una capacidad viral inimaginable hace una década, se han transformado en la plataforma preferida para convertir un producto audiovisual en un evento planetario. Es tal la potencia de esta nueva realidad del lenguaje audiovisual, que la televisión, el cine o la publicidad han incorporado el modelo "Youtube" a su manera de hacer las cosas y tratar su producción audiovisual.

Hoy ya está claro que ni la pantalla del ordenador y ni siquiera la tablet pueden hacer sombra al rey de los dispositivos: el teléfono inteligente. Cada vez más, las innovaciones y las enormes inversiones de los grandes operadores de tecnología y contenidos se dirigen hacia este producto cuya capacidad de gestión de información y potencialidades son muy superiores a las que podríamos haber imaginado hace un lustro. Está claro que un smartphone es mucho más, o por mejor decir, es una herramienta sustancialmente diferente a un teléfono.

Ya se han desarrollado profusos y profundos estudios sobre la materia que nos ocupa, atendiendo a las particularidades de un nuevo lenguaje que es el gran protagonista de la Red: la imagen, estática o dinámica, esta última con la incorporación del audio en la mayoría de las ocasiones. Los grandes productores de contenidos ya están trabajando hace mucho tiempo en esta nueva realidad y no hay plataforma informativa, especialmente audiovisual, que no haya adaptado sus contenidos y su presentación al nuevo modelo que exige la pantalla de nuestro ordenador de bolsillo.

Es tal el vértigo que produce el universo que se puede alcanzar apenas desplazando un dedo sobre la superficie táctil de un dispositivo de última generación, que hasta el hecho mismo de recurrir a este simple gesto para acceder a un contenido en la red nos ha seducido hasta un extremo inimaginable. Tan es así, que cuando nos acercamos a un producto analógico, esperamos que copiando este simple movimiento se comporte como el smartphone que nos acompaña allí donde nos encontremos, huérfanos si no se delata con sus melodías y alarmas permanentes.

Por tanto, la Red ya no es un sitio al que accedemos cuando estamos en unas determinadas circunstancias. Está con nosotros en formato 24/7. Y el contenido audiovisual es el rey de los contenidos, en estrecha y perfecta simbiosis con las redes sociales.



miércoles, 2 de abril de 2014

La verdadera obsolescencia programada

En este mismo blog, a modo de anticipo del asunto en el nos vamos a centrar en esta ocasión, ya se trató la dificultad que encuentran los ciudadanos para acceder a una información veraz, contrastada, de calidad...

Hace ya algún tiempo, Perez Reverte, miembro de la Real Academia Española (RAE) y que se dedica ahora con éxito notable al oficio de escribir novelas, renunció desencantado al periodismo, decía él, por la escasa relevancia que tenían las noticias de las que se había ocupado hasta la fecha, enzarzado en mil y un conflictos en diversos países o informando sobre acontecimientos alejados de nuestra cotidianidad.

Ese desencanto, teñido de cinismo, denunciaba al cabo que el informador comprometido, deseoso por cambiar el mundo ofreciendo un punto de vista que denunciaba atrocidades sin cuento, se encontraba constreñido a apenas dos minutos de crónica para intentar abordar, por ejemplo, un enfrentamiento en la frontera entre Gaza e Israel o la Guerra de Bosnia.  Como comparación, cabe destacar que la crónica de cualquier partido de fútbol ocupa más tiempo en la parrilla de un informativo que las medidas que la Unión Europea ha decidido reservarnos en su último memorándum con `recomendaciones´ de austeridad. La extrema complejidad reducida al absurdo.

Pues bien, pareciera que la web, en la que buscar una información nos remite a cientos de miles de referencias, wikis de todo tipo y videos de diverso carácter, nos aliviaría de la pesarosa condena de la trivialización de la realidad en los medios de comunicación de masas, empeñados en transformar en relevantes eventos inanes, acontecimientos fútiles, y reservando una esquina miserable de los informativos a lo que, en realidad, influye en nuestras vidas.

Esa cacareada transparencia a la que ahora se apunta cualquiera, se vaticinaba inminente gracias a la red de redes, pues nada se podía ocultar a la subversiva conciencia colectiva de los ciudadanos, empeñados en escarbar bajo las alfombras del poder financiero y político. Pues bien, sirva como ejemplo paradigmático el hecho de que cuando la Unión Europea, Alemania o la Casa Blanca, al dictado de otros poderes más sombríos, decide medidas que afectan a los cientos de millones de ciudadanos de la otrora opulenta e hiperconectada Europa, los vecinos del Viejo Continente nos enteramos de nuestro mañana cuando ya era/es demasiado tarde para enmendarlo. Todo se ha escapado a nuestro control, nadie anunció con `luz y taquígrafos´ lo que nos iba/va a deparar el futuro inmediato. Dónde estaba/está la red entonces/ahora, o es que estábamos/estamos enredados en otras cosas.

A mi juicio, la verdadera obsolescencia programada es, en la actualidad, la que sufren nuestros cerebros. No quiero parecer victimista, pero, en mi opinión, somos comparsas acomplejados por la complejidad del mundo, renunciando a intervenir, `avestruzados´, escondidos en nuestra intimidad y ajenos a una realidad hostil, inabarcable, inasequible, inasible, amparándonos en el "¿qué puedo hacer yo?".

Con red o sin ella, el 1% del 1% nos está ganando la partida. 

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