miércoles, 23 de abril de 2014

De Condorcet a Nietzsche

Condorcet:Los ciudadanos no nacen, son creados a través de la instrucción”.

Hubo un tiempo en el que la concepción ilustrada del universo nos alentaba a acumular el suficiente conocimiento como para ejercer un control activo y estable sobre nuestro entorno. En este paradigma nos hemos movido, y habíamos creído que nos proporcionaría las suficientes certezas como para dejar atrás el caos propio de los tiempos oscuros de la ignorancia.

Sin embargo, la sociedad del conocimiento, en la que más que en cualquiera otra época de nuestra historia se acumula una ingente cantidad de información que circula a una infinita velocidad, somos presos de la certeza de nuestro “no saber”. Tal vez la metáfora que mejor describe nuestro yo y el mundo que nos ha tocado compartir es una infinita “nube de tags”. La traducción de tag al castellano es una etiqueta asignada a un dato.  ¿Quién hoy se atrevería a etiquetar la identidad del otro, o, por mejor decir, cuan grande debería ser esa nube de etiquetas para que la descripción fuese certera?

En este contexto Castells nos habla de cómo en la sociedad postindustrial, mientras el yo escudriña certezas en el `incómodo´ pero fértil caos, “la búsqueda de la identidad, colectiva o individual, se convierte en la fuente fundamental de significado social”. En un mundo contingente, el ser humano regresa al refugio de la cueva en el que los individuos se “enfrentaban a la incertidumbre a través de diálogos rituales con los dioses y con las fuerzas invisibles de la naturaleza”.

En demasiadas ocasiones, como también anuncia y denuncia Castells, esta necesidad de otorgar un sentido a la vida, deriva en un “fundamentalismo reactivo, reaccionario”. El mismo renacimiento de exaltados fenómenos religiosos o extremos nacionalismos identitarios son fruto, según Castells, paradójicamente, del fracaso del estado nación por un lado, y, por otro, de la relevancia que dan los individuos al retorno a las tradiciones, un fenómeno inscrito en la imparable dinámica de la globalización.

Open your mind

Nuestro cerebro ha de estar en disposición de abrir sus enlaces a una infinitud de imputs, todos interconectados. El caos es pura fuerza creativa, así debemos de vivir la complejidad, pues, según Campàs, “nosotros estamos invadidos por sistemas caóticos abiertos que permiten una respuesta creativa constante a los cambios ambientales”.

El concepto de vórtice está vinculado a esta autoorganización, una turbulencia que “estimula que se produzca una nueva autoorganización”. Así pues, volviendo al origen de nuestro argumento, frente a la propuesta de Condorcet de atribuir a nuestro cerebro la condición de una “gran hoja Excell”, una obsoleta herramienta para entender y organizar la complejidad en transformación permanente, la teoría del caos nos ofrece la oportunidad de renunciar a “nuestra obsesión por el poder y el control por el miedo a los errores; por el férreo control de nuestros egos; por el fetiche de la comodidad…”.

En el `viejo mundo´ en el que primaban los sistemas lineales, en el cual se estimaba que la razón lo explicaba todo o lo explicaría en el futuro, no se barajaba un porvenir radicalmente imprevisible. De ahí que muchos analistas e intelectuales, aún hoy, se obsesionen con el control y el poder al modo en que lo resumieron los impulsores del optimista Racionalismo Ilustrado, heredero del Renacimiento.

En esta tesitura, Concal Mayos, en su ensayo sobre `La sociedad de la incultura´, distingue entre cerebros conservadores y progresistas, “según la capacidad de éstos para adaptarse a procesos como el desaprender”, pues en la sociedad de la hipertextualidad, los individuos deben ser “tan hábiles en el desaprender como la modernidad nos obligó a ser hábiles en el aprender”. Todos los datos, convenciones, valores, normas, e informaciones que un día fueron imprescindiblemente útiles y que nos auguraban un futuro bajo control, hoy están en proceso de deconstrucción permanente, y nuestra propia identidad en constante transformación. Como afirma Lipovetsky, estamos instalados en el “imperio de lo efímero”.

Internet es la quinta esencia del orden caótico. Si estamos dispuestos a desaprender y tomamos conciencia de nuestra hipertextualidad, estamos en condiciones de “coevolucionar”. Según Campàs, “una nueva inteligencia colectiva emerge, un sistema abierto, absolutamente insospechado y lejos de lo que cualquiera podría haber esperado al contemplar a los individuos actuar aislados”.

Es evidente que sólo el inmenso flujo de información no nos asegura la solución a nuestros problemas. Para muchos, incluso, es el problema. Según la teoría del caos, es la autoorganización la que “mantiene viva la comunidad”, un sistema “no lineal, abierto, creativo y caótico”.  Las preguntas que plantea la teoría del caos se dirigen a la línea de flotación de los sistemas rígidos de poder y control: “¿Qué ocurriría si dejamos que la autoorganización cree nuestras comunidades? ¿Qué sucedería si forjásemos nuestras soluciones sociales en la forja del caos creativo”.

En contraposición a Condorcet, concluyo con una esperanzadora cita de  Nietzsche: “es preciso tener un caos dentro de sí para dar a luz una estrella fugaz”. Es pues la incertidumbre espacio abonado para un cambio de actitud, un terreno feraz para la creatividad.

(Esta entrada es una recreación de un texto para la evaluación de la asignatura de `Escrituras hipertextuales´ del Grado de Humanidades de la UOC)

2 comentarios:

  1. Bueno Luis, yo creo que te has vuelto a superar. Profundidad en la reflexión y sobre todo, un argumento continuado que hace que no levantes la vista de la pantalla hasta terminar de leerlo. Yo opino como Nietzsche, un poco de caos siempre nos permitirá lograr algo diferente. Tener todo "planeado" lo único que trae es rutina, aburrimiento y falta de imaginación.

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  2. Gracias por el halago. Nunca viene mal un poco de retribución emocional. Espero tus aportaciones en El ojo de Horus...

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