Condorcet: “Los ciudadanos no nacen, son creados a través de la instrucción”.
Hubo un tiempo en el que la
concepción ilustrada del universo nos alentaba a acumular el suficiente
conocimiento como para ejercer un control activo y estable sobre nuestro
entorno. En este paradigma nos hemos movido, y habíamos creído que nos
proporcionaría las suficientes certezas como para dejar atrás el caos propio de
los tiempos oscuros de la ignorancia.
Sin
embargo, la sociedad del conocimiento, en la que más que en cualquiera otra época
de nuestra historia se acumula una ingente cantidad de información que circula
a una infinita velocidad, somos presos de la certeza de nuestro “no saber”. Tal vez la metáfora que mejor
describe nuestro yo y el mundo que nos ha tocado compartir es una infinita
“nube de tags”. La traducción de tag al castellano es una etiqueta asignada a
un dato. ¿Quién hoy se atrevería a
etiquetar la identidad del otro, o, por mejor decir, cuan grande debería ser
esa nube de etiquetas para que la descripción fuese certera?
En este contexto Castells nos habla
de cómo en la sociedad postindustrial, mientras el yo escudriña certezas en el `incómodo´
pero fértil caos, “la búsqueda de la identidad, colectiva o individual, se
convierte en la fuente fundamental de significado social”. En un mundo
contingente, el ser humano regresa al refugio de la cueva en el que los
individuos se “enfrentaban a la incertidumbre a través de diálogos rituales con
los dioses y con las fuerzas invisibles de la naturaleza”.
En demasiadas ocasiones, como
también anuncia y denuncia Castells, esta necesidad de otorgar un sentido a la
vida, deriva en un “fundamentalismo reactivo, reaccionario”. El mismo
renacimiento de exaltados fenómenos religiosos o extremos nacionalismos
identitarios son fruto, según Castells, paradójicamente, del fracaso del estado
nación por un lado, y, por otro, de la relevancia que dan los individuos al
retorno a las tradiciones, un fenómeno inscrito en la imparable dinámica de la
globalización.
Open your mind
Nuestro cerebro ha de estar en
disposición de abrir sus enlaces a una infinitud de imputs, todos
interconectados. El caos es pura fuerza creativa, así debemos de vivir la
complejidad, pues, según Campàs, “nosotros estamos invadidos por sistemas
caóticos abiertos que permiten una respuesta creativa constante a los cambios
ambientales”.
El concepto de vórtice está
vinculado a esta autoorganización, una turbulencia que “estimula que se
produzca una nueva autoorganización”. Así pues, volviendo al origen de nuestro
argumento, frente a la propuesta de Condorcet de atribuir a nuestro cerebro la
condición de una “gran hoja Excell”, una obsoleta herramienta para entender y
organizar la complejidad en transformación permanente, la teoría del caos nos
ofrece la oportunidad de renunciar a “nuestra obsesión por el poder y el
control por el miedo a los errores; por el férreo control de nuestros egos; por
el fetiche de la comodidad…”.
En el `viejo mundo´ en el que
primaban los sistemas lineales, en el cual se estimaba que la razón lo
explicaba todo o lo explicaría en el futuro, no se barajaba un porvenir
radicalmente imprevisible. De ahí que muchos analistas e intelectuales, aún
hoy, se obsesionen con el control y el poder al modo en que lo resumieron los
impulsores del optimista Racionalismo Ilustrado, heredero del Renacimiento.
En esta tesitura, Concal Mayos, en
su ensayo sobre `La sociedad de la incultura´, distingue entre cerebros
conservadores y progresistas, “según la capacidad de éstos para adaptarse a
procesos como el desaprender”, pues en la sociedad de la hipertextualidad, los
individuos deben ser “tan hábiles en el desaprender como la modernidad nos
obligó a ser hábiles en el aprender”. Todos los datos, convenciones, valores,
normas, e informaciones que un día fueron imprescindiblemente útiles y que nos
auguraban un futuro bajo control, hoy están en proceso de deconstrucción
permanente, y nuestra propia identidad en constante transformación. Como afirma
Lipovetsky, estamos instalados en el “imperio de lo efímero”.
Internet es la quinta esencia del
orden caótico. Si estamos dispuestos a desaprender y tomamos conciencia de
nuestra hipertextualidad, estamos en condiciones de “coevolucionar”. Según
Campàs, “una nueva inteligencia colectiva emerge, un sistema abierto,
absolutamente insospechado y lejos de lo que cualquiera podría haber esperado
al contemplar a los individuos actuar aislados”.
Es evidente que sólo el inmenso flujo
de información no nos asegura la solución a nuestros problemas. Para muchos,
incluso, es el problema. Según la teoría del caos, es la autoorganización la
que “mantiene viva la comunidad”, un sistema “no lineal, abierto, creativo y
caótico”. Las preguntas que plantea la
teoría del caos se dirigen a la línea de flotación de los sistemas rígidos de
poder y control: “¿Qué ocurriría si dejamos que la autoorganización cree
nuestras comunidades? ¿Qué sucedería si forjásemos nuestras soluciones sociales
en la forja del caos creativo”.
En contraposición a Condorcet,
concluyo con una esperanzadora cita de
Nietzsche: “es preciso tener un
caos dentro de sí para dar a luz una estrella fugaz”. Es pues la
incertidumbre espacio abonado para un cambio de actitud, un terreno feraz para
la creatividad.
(Esta entrada es una recreación de un texto para la evaluación de la asignatura de `Escrituras hipertextuales´ del Grado de Humanidades de la UOC)

Bueno Luis, yo creo que te has vuelto a superar. Profundidad en la reflexión y sobre todo, un argumento continuado que hace que no levantes la vista de la pantalla hasta terminar de leerlo. Yo opino como Nietzsche, un poco de caos siempre nos permitirá lograr algo diferente. Tener todo "planeado" lo único que trae es rutina, aburrimiento y falta de imaginación.
ResponderEliminarGracias por el halago. Nunca viene mal un poco de retribución emocional. Espero tus aportaciones en El ojo de Horus...
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