miércoles, 14 de mayo de 2014

Guerra civil cultural

Décadas antes de que George Lakoff escribiera su best seller `No pienses en un elefante´, y sin restar mérito a sus interesantes conclusiones sobre el uso del lenguaje, el filólogo alemán, de origen judío, Víctor Klemperer escribió una obra que ha dejado una huella notable en mi actitud frente a los medios de comunicación, la literatura, la publicidad…: `La lengua del Tercer Reich´.

Klemperer afirma que “la expresión de una época se define también por su lenguaje”. Por su parte, Talleyrand escribió que “el lenguaje sirve para ocultar los sentimientos del diplomático”, por extensión, aquel que tiene aviesos fines que no quiere delatar con sus palabras.

Sin embargo, a mi juicio, también el lenguaje, cuando se analiza con el suficiente tiempo y templanza, ofrece gran cantidad de información sobre las verdaderas intenciones del discurso. La sentencia Le style cèst l`homme viene a significar que, si bien las afirmaciones de una persona pueden ser mentira, su lenguaje, en cambio, nos ofrece suficiente información sobre sus reales propósitos.

Pasemos ahora, por un momento, a ver lo que Lakoff afirma sobre cómo se modela el pensamiento, añadiendo en la actualidad las conclusiones y los estudios de la ciencia cognitiva y de la neurociencia, ambas disciplinas de reciente desarrollo: “lo peor es la serie de mitos en los que creen liberales y progresistas… Estos mitos datan de la Ilustración, y el primero de ellos dice así: La verdad nos hará libres. Si nosotros contamos a la gente los hechos, como la gente es básicamente racional, todos sacarán las conclusiones acertadas. Pero gracias a la ciencia cognitiva”, prosigue Lakoff, “sabemos que la gente no piensa de esa manera. La gente piensa mediante marcos. La verdad, para ser aceptada, tiene que encajar en los marcos de la gente”.

Lakoff, explica cómo, por ejemplo, Lewis Powell, principal asesor de la Cámara de Comercio de EE.UU., ya en 1970, apenas 25 años después de que finalizara la II Guerra Mundial, escribió un documento con destino al entorno conservador en el que proponía “dotar cátedras para enseñar a estas personas –se refiere a los estudiantes- a pensar en la dirección correcta”. De tal forma que, según Lakoff, se han creado think tanks conservadores con el fin de generar `pensamiento´. “Descubrieron la importancia de los marcos y como enmarcar cada cuestión clave”, hace hincapié Lakoff, es decir, que el lenguaje piense por mí, parafraseando a Schiller.

Paralelamente, Lakoff afirma que, verbigracia, “los conservadores apoyan a sus intelectuales. Crean oportunidades mediáticas. Tienen estudios en sus propias instalaciones y así es fácil acceder a la televisión. El ochenta por ciento”, según Lakoff, “de los bustos parlantes de la televisión pertenecen a los think tanks conservadores”. Y el lenguaje que usan es el propio del padre estricto, que define “lo que es una sociedad buena”. Lakoff llama a esta estrategia la “guerra cultural”, a través de la cual se crea un marco de interpretación de la realidad “gracias al trabajo de sus intelectuales, de sus profesionales del lenguaje, de sus escritores, de sus agencias publicitarias y de sus especialistas en los medios”.

La metáfora del padre estricto

Unas líneas más arriba ya habíamos apuntado la transcendencia que el pensamiento conservador le otorga a la figura del padre estricto, así como a un lenguaje que define cómo ha de ser “una sociedad buena”. Por ejemplo, Lakoff se refiere al discurso del presidente de EEUU en 2004, a la sazón George W. Bush, en el que afirmó que “se podía rebajar el déficit a la mitad suprimiendo el gasto basura”. Esta eliminación de la `protección social´ se argumenta acudiendo a valores morales, pues lo que hay que hacer es premiar a los buenos, en contra de la gente que abusa de los “malos” programas sociales. “La gente que cree en la moral del padre estricto y que la aplica a la política”, nos dice Lakoff, “creerá que ése es el buen camino para gobernar”.

La figura del padre estricto, por mejor decir del patriarcado, de carácter religioso y profundamente enraizada en nuestro modo de interpretar el mundo, es materia de análisis en el estudio de Joan Campàs sobre la “Iconografía de Dios y Asherah”. Campàs nos dice que “el patriarcado no designa solo una forma de familia fundada en el parentesco masculino y el poder paterno, sino también toda estructura social basada en el poder de los padres. El príncipe de la ciudad o el jefe de la tribu tienen el mismo poder sobre todos los miembros de la comunidad que el padre sobre los integrantes de su familia”.

Si esta misma reflexión la trasladamos al ámbito específico de la política y, en particular, al entorno que analiza Lakoff, éste afirma que “los niños hacen lo que dice su padre. Sin rechistar. La comunicación se produce en una sola dirección. Y lo mismo ocurre con la Casa Blanca. Es decir, el presidente no pregunta; el presidente dice. Si uno es una autoridad moral, sabe lo que es bueno, tiene el poder y lo ejerce”.

Esta “guerra civil cultural”, como la adjetiva Lakoff, se incardina con el renacimiento de los movimientos evangélicos y el fundamentalismo religioso, que refleja Castells en su obra `La era de la información. El poder de la identidad´, cuya manifestación más reciente es el fenómeno Tea Party, relacionado con la incesante búsqueda de identidades. Lakoff avisa de que los intelectuales conservadores saben que “la gente vota más por sus valores y por sus identidades que por sus intereses económicos. Lo que han hecho”, prosigue, “es crear, a través del enmarcado y del lenguaje, un engarce entre la moral del padre estricto en la familia y la religión por una parte, y la política conservadora, por otra”. 

Metáforas del terror

Este marco de pensamiento se ha potenciado más, si cabe, a raíz de los luctuosos acontecimientos sobrevenidos tras el atentado de las Torres Gemelas y contra el Pentágono, por cierto, este último mucho menos publicitado que el de Nueva York, arguyendo razones de seguridad nacional.

Lakoff explica que “nosotros no tenemos conciencia de las imágenes metafóricas, pero forman parte del poder y del horror que experimentamos cuando las vemos”. De hecho, la mayor parte de nuestro marco conceptual es inconsciente y podemos, consecuentemente, no ser conscientes de nuestro pensamiento metafórico. Con esta ventaja juega el discurso conservador, que se ha centrado en, de nuevo haciendo uso de la figura del padre estricto: “El mal anda suelto en el mundo. Nosotros tenemos que mostrar nuestra fuerza y destruirlo. Se pide castigo y se pide venganza. Si hay bajas y daños colaterales, qué se le va a hacer”.

Concluyo con una cita de Lakoff que podría haber suscrito Klemperer y viceversa: “Hay otro mito que también procede de la Ilustración, y dice así: Es irracional actuar en contra del propio interés y, por tanto, una persona normal, que es racional, razona sobre la base de su propio interés”. Error. Los conservadores saben, han sabido siempre, que movilizar las emociones es la mejor arma política posible.

(Esta entrada es una recreación de un texto para la evaluación de la asignatura de `Escrituras hipertextuales´ del Grado de Humanidades de la UOC).

2 comentarios:

  1. Lo más preocupante de estos dos autores es que refiriéndose a la guerra cultura (De los conservadores) se olvidan que ellos también la están haciendo (Hacia la dirección inversa). En definitiva, el poder de la palabra es el arma más mortífera en poder del hombre.

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  2. Hola de nuevo Alberto:

    Es evidente que mi punto de vista de las cosas simpatiza con Lakoff y no con el modo de entender el mundo de los republicanos de USA. Hasta aquí, con matices, nada que decir. Pero, Alberto, creo sinceramente que, en la historia, hay algunos hechos incontrovertibles. Cuando Klemperer explica la manera en la que la Alemania del Tercer Reich construyó un sistema totalitario y genocida no se puede ser equidistante. En este tipo de circunstancias, el centro no existe...

    Saludos

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